Carta pastoral a los padres paulistas, a los asociados paulistas, a los diáconos afiliados, a los novicios, a los seminaristas y a los colaboradores en la misión

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21 de febrero de 2025.

Estimados hermanas y hermanos en Cristo:

Como inmigrante presidente de los padres paulistas, la primera congregación masculina de sacerdotes católicos establecida en los Estados Unidos de América, les escribo no solo con el corazón de un pastor, sino también como alguien que comprende personalmente los desafíos y las esperanzas de los inmigrantes. Mi recorrido, como tantos otros, estuvo impulsado por la esperanza de un futuro mejor. La experiencia de ser recibido por los paulistas y la Iglesia en los Estados Unidos ha profundizado mi compromiso con el llamado de la Iglesia a un amor expansivo que recibe al “extranjero” y se solidariza con quienes huyen de la persecución o buscan una vida mejor.

En su reciente carta a los obispos de nuestro país, el papa Francisco nos señala las escrituras, que “nos invitan a mirar la realidad de nuestro tiempo, marcada con tanta claridad por el fenómeno de la migración, como un momento decisivo en la historia para reafirmar no solo nuestra fe en un Dios que siempre está cerca, encarnado, migrante y refugiado, sino también la dignidad infinita y trascendente de cada ser humano”. (Carta del Santo Padre Francisco a los obispos de los Estados Unidos de América, febrero de 2025)

Como alguien que ha experimentado las complejidades de la inmigración, puedo testificar que el recorrido de un inmigrante no consiste simplemente en cruzar las fronteras físicas, sino en cruzar las fronteras existenciales, a menudo llenas de vulnerabilidad, incertidumbre y la necesidad de hospitalidad. El mensaje del papa resuena profundamente y nos recuerda que la Iglesia debe seguir siendo un lugar de acogida, pertenencia y protección de la dignidad de todas las personas, una dignidad inherente e inviolable que proviene del Divino Creador y no depende del estatus legal o del mérito.

Los paulistas y nuestros colaboradores no sentimos amenaza por la diversidad, sino enriquecidos por ella. Apoyamos a comunidades eclesiales vibrantes y diversas porque creemos que nuestra diversidad es una señal de la presencia de Dios en el mundo y no es una amenaza para nuestra unidad (Hechos 2:6). Nuestro amor a Dios nos hace más atentos y empáticos con las necesidades de los demás, especialmente de los más vulnerables, porque “el amor a Dios y al prójimo son inseparables, forman un solo mandamiento”. (Deus Caritas Est, 18). Esto se vive en el comedor comunitario, la distribución de alimentos, el centro de ropa y el hogar de migrantes en el que nuestros feligreses sirven y ministran de una costa a la otra.

Cuando nuestras hermanas y hermanos dudan en acceder a la atención médica básica y a los programas de apoyo o temen ir a la misa dominical por miedo a que sea el último día que ven a sus hijos debido a la amenaza de una deportación masiva, el cuerpo de Cristo no puede permanecer en silencio ni pasivo. Como comunidades de fe, debemos intensificar nuestra cercanía con aquellos que lo necesitan: ser la voz de quienes no tienen voz, unirnos a otras personas de buena voluntad para dar la bienvenida al “extranjero” y abogar por quienes buscan una vida mejor. No lo hacemos motivados por políticas partidarias, sino en respuesta al mandato de Jesucristo de que “lo que hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicieron por mí”. (Mateo 25:40)

¡Que el amor de Dios y el amor al prójimo nos impulsen a perseverar en nuestra obra de justicia y paz!

En Cristo,

Muy Rev. René Constanza, CSP
Presidente